Una práctica que no es cultura, es violencia contra las niñas.

Hay violencias que no dejan moretones visibles, pero marcan de por vida. La mutilación genital femenina es una de ellas. Ocurre en silencio, se justifica con tradición, se disfraza de cultura y se ejecuta casi siempre sobre cuerpos que aún no saben defenderse: los de las niñas.

Cada 6 de febrero, el mundo conmemora el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina. No es una fecha simbólica ni protocolaria. Es un recordatorio incómodo de que, en pleno siglo XXI, millones de niñas siguen siendo sometidas a una práctica que no tiene ningún beneficio médico y sí consecuencias físicas, psicológicas y sociales devastadoras.

La mutilación genital femenina no es un “rito”. Es una violación a los derechos humanos. Implica la alteración o extirpación parcial o total de los genitales externos femeninos por razones que no tienen que ver con la salud, sino con el control: del placer, del cuerpo, de la autonomía. Control que se ejerce desde edades tempranas, muchas veces con el consentimiento forzado de comunidades enteras y bajo la presión del miedo, la exclusión o la tradición.

Hablar de tolerancia cero no significa señalar culturas desde la superioridad moral. Significa trazar una línea clara: ninguna costumbre justifica el daño. Ninguna tradición está por encima del derecho de una niña a crecer sin dolor impuesto, sin trauma heredado, sin cicatrices que no eligió.

Aunque suele asociarse a regiones específicas de África, Medio Oriente o Asia, la mutilación genital femenina no es un problema lejano ni ajeno. La migración, el silencio y la falta de información la convierten en una realidad global. También en América Latina, también en comunidades que prefieren no nombrarla. El silencio es su mejor aliado.

Las consecuencias no terminan en el momento del procedimiento. Dolor crónico, infecciones, complicaciones en el parto, afectaciones en la salud sexual y mental acompañan a muchas mujeres durante toda su vida. Pero hay algo igual de grave: la normalización del daño. Crecer creyendo que el sufrimiento es el precio de ser mujer.

Por eso este día no es solo para recordar cifras, sino para cuestionar estructuras. Para exigir políticas públicas, educación comunitaria, protección legal real y acompañamiento a las sobrevivientes. Para dejar claro que el respeto cultural no puede ser excusa para la violencia sistemática.

La erradicación de la mutilación genital femenina no se logrará solo con leyes, sino con conversaciones difíciles, con educación que llegue a donde nunca llegó, con mujeres liderando el cambio dentro de sus propias comunidades y con Estados que no miren hacia otro lado.

Tolerancia cero significa no relativizar. No suavizar el lenguaje. No negociar derechos básicos. Significa decir, sin titubeos, que el cuerpo de las niñas no es territorio de nadie más. Que la tradición no puede pesar más que la dignidad. Que el futuro no se construye repitiendo violencias heredadas, sino rompiéndolas.

Hablar de esto incomoda. Y está bien. Porque lo que verdaderamente debería incomodarnos es seguir callando.

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Deyanira Álvarez, Gunaa Revista

Directora General de Gunaa Revista

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