Cada 18 de febrero se conmemora el Día de la Mujer de las Américas. No es una fecha tan visible como el 8 de marzo, ni suele llenar las calles de marchas multitudinarias, pero su origen es profundamente político y estratégico. No nació de una tendencia ni de una campaña simbólica. Nació de mujeres que entendieron que si no se organizaban, nadie iba a legislar por ellas.
En 1928, durante la Sexta Conferencia Internacional Americana celebrada en La Habana, un grupo de mujeres logró algo que para la época parecía impensable: la creación de un organismo intergubernamental dedicado exclusivamente a estudiar y promover los derechos civiles y políticos de las mujeres del continente. Así nació la Comisión Interamericana de Mujeres, décadas antes de que muchos países reconocieran siquiera el derecho al voto femenino.
Más tarde, en 1982, la Organización de los Estados Americanos oficializó el 18 de febrero como Día de la Mujer de las Américas, en honor a ese hito fundacional. No se trataba solo de conmemorar una fecha, sino de reconocer un proceso: mujeres que dejaron de pedir permiso y comenzaron a exigir reformas legales concretas.
El contexto importa. En los años veinte, gran parte de las mujeres del continente no podían votar, no tenían plena autonomía jurídica y enfrentaban restricciones legales para administrar bienes o ejercer ciertos derechos civiles. La creación de la Comisión Interamericana de Mujeres fue una señal clara de que la discusión sobre igualdad ya no podía quedar fuera de la diplomacia regional.
Desde entonces, el continente ha cambiado de forma significativa. Las mujeres han alcanzado presidencias, ministerios, escaños legislativos y espacios de toma de decisión que antes estaban cerrados. Las leyes de paridad han avanzado en varios países y la conversación pública sobre igualdad de género es hoy parte del debate democrático.
Pero la historia no es lineal ni está resuelta. La violencia contra las mujeres sigue siendo una realidad alarmante en distintas regiones. Persisten brechas salariales, desigualdad en el acceso a puestos de liderazgo económico y barreras estructurales que afectan de manera particular a mujeres indígenas, afrodescendientes y rurales. El avance es evidente, pero no es uniforme ni definitivo.
El Día de la Mujer de las Américas no es una competencia del 8 de marzo; es su antecedente institucional en el continente. Si el 8M simboliza la movilización global, el 18 de febrero recuerda que en América hubo una estructura pionera que comenzó a discutir igualdad de derechos cuando el tema todavía incomodaba a gobiernos y cancillerías.
Esta fecha obliga a mirar atrás con reconocimiento, pero también a mirar hacia adelante con responsabilidad. Los derechos conquistados no se sostienen solos. Requieren vigilancia, participación y políticas públicas consistentes.
Hablar de la Mujer de las Américas es hablar de democracia, de representación y de justicia. Es recordar que los cambios estructurales no ocurren por inercia: ocurren porque alguien decidió incomodar el orden establecido.
Y esa decisión, hace casi un siglo, sigue marcando el rumbo del continente.



Directora General de Gunaa Revista













