Hay un momento en la vida en el que dejamos de contar los años por las vacaciones de verano, los cumpleaños o el inicio de clases y comenzamos a medirlos por las responsabilidades, los pendientes y las metas que aún queremos alcanzar. De pronto, enero parece haber sido hace apenas unas semanas y, sin darnos cuenta, ya estamos pensando en diciembre otra vez. Es una sensación compartida por muchas personas, especialmente por mujeres que equilibran trabajo, familia, hogar y proyectos personales, preguntándose en qué momento el tiempo comenzó a correr tan deprisa.
La buena noticia es que no es una simple percepción sin explicación. La ciencia lleva años estudiando este fenómeno y ha encontrado que nuestra forma de experimentar el tiempo cambia conforme envejecemos. No porque los días tengan menos horas, sino porque nuestro cerebro procesa los recuerdos de manera diferente.
Durante la infancia y la adolescencia casi todo es nuevo. El primer día de clases, un viaje, aprender a andar en bicicleta, conocer amigos o descubrir nuevas aficiones. Cada experiencia representa un aprendizaje y obliga al cerebro a prestar atención, almacenar información y crear recuerdos detallados. Cuando miramos hacia atrás, ese periodo parece mucho más largo porque nuestra memoria está llena de momentos únicos.
Con el paso de los años sucede lo contrario. La rutina comienza a ocupar gran parte de nuestros días. Despertamos a la misma hora, seguimos trayectos similares, realizamos actividades repetitivas y resolvemos responsabilidades casi en piloto automático. Como el cerebro ya conoce esos patrones, necesita registrar menos información y los días comienzan a mezclarse unos con otros. Esa es una de las razones por las que los meses parecen desaparecer con tanta rapidez.
Para muchas mujeres, esta percepción puede intensificarse durante ciertas etapas de la vida. Entre el trabajo, la crianza, el cuidado de la familia, los compromisos sociales y las tareas cotidianas, el tiempo destinado a una misma suele quedar en segundo plano. Los días se llenan de listas por cumplir y es fácil sentir que los años avanzan sin haber disfrutado realmente el camino.
Sin embargo, la neurociencia también ofrece una noticia esperanzadora: la percepción del tiempo puede modificarse. No se trata de detener el reloj, sino de ofrecerle al cerebro nuevas experiencias que rompan con la rutina. Aprender algo diferente, cambiar de camino al trabajo, iniciar un hobby, viajar, leer un género nuevo o simplemente dedicar unos minutos al día para observar el entorno con atención son pequeñas acciones capaces de generar recuerdos más ricos y hacer que la vida se sienta más plena.
También influye la forma en que vivimos el presente. La prisa constante nos lleva a pensar siempre en lo que sigue: la siguiente reunión, la siguiente compra, el siguiente fin de semana. Mientras tanto, dejamos de prestar atención a lo que ocurre ahora. Practicar la presencia, disfrutar una conversación sin mirar el teléfono, caminar sin prisas o compartir una comida con calma ayuda a que el cerebro registre esos momentos con mayor intensidad.
Curiosamente, cuando una etapa de nuestra vida está llena de experiencias significativas, al recordarla sentimos que duró más. No porque el tiempo realmente se haya detenido, sino porque construimos una mayor cantidad de memorias que le dan profundidad a ese periodo.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza. No podemos añadir más horas al día, pero sí podemos llenar esas horas de experiencias que merezcan ser recordadas. Al final, la sensación de que la vida pasa demasiado rápido no depende únicamente del calendario, sino de cómo decidimos vivir cada uno de esos días.
Quizá el tiempo nunca vaya más despacio. Pero sí podemos lograr que cada año deje más historias que contar, más momentos para recordar y menos días que parezcan haber pasado sin haber sido realmente vividos.



Directora General de Gunaa Revista








