Durante mucho tiempo, el sacrificio femenino fue presentado como amor. Las madres cansadas eran consideradas fuertes.
Las madres agotadas eran consideradas ejemplares.
Las madres que nunca pensaban en sí mismas eran vistas como “buenas mujeres”.
Pero detrás de esa romantización había algo más profundo: una expectativa social que normalizó que las mujeres sostuvieran absolutamente todo, incluso a costa de ellas mismas. La maternidad comenzó a medirse por cuánto era capaz de soportar una mujer en silencio. Y muchas crecieron creyendo que descansar, pedir ayuda o seguir teniendo sueños propios era una forma de egoísmo.
Durante mucho tiempo, el sacrificio femenino fue presentado como amor.
Las madres cansadas eran consideradas fuertes.
Las madres agotadas eran consideradas ejemplares.
Las madres que nunca pensaban en sí mismas eran vistas como “buenas mujeres”.
Pero detrás de esa romantización había algo más profundo: una expectativa social que normalizó que las mujeres sostuvieran absolutamente todo, incluso a costa de ellas mismas.
La maternidad comenzó a medirse por cuánto era capaz de soportar una mujer en silencio.
Y muchas crecieron creyendo que descansar, pedir ayuda o seguir teniendo sueños propios era una forma de egoísmo.
Hoy muchas mujeres están replanteando la maternidad desde otro lugar. Quieren criar, sí. Pero también quieren conservar partes de sí mismas. Quieren seguir teniendo proyectos. Tiempo personal. Ambición. Deseo. Identidad fuera del rol materno.
Y aunque eso debería parecer normal, todavía existe muchísima resistencia social hacia las madres que se priorizan. Porque durante años se construyó la idea de que una mujer “verdaderamente entregada” debía olvidarse de sí misma.
Por eso tantas madres sienten culpa cuando: trabajan, descansan, salen con amigas, ponen límites, o simplemente necesitan espacio. La culpa aparece porque muchas siguen intentando cumplir expectativas imposibles
Además del cansancio físico, existe otro agotamiento mucho más silencioso: la carga mental. Recordar horarios. Citas médicas. Tareas escolares. Compras. Rutinas. Necesidades emocionales.
Muchas madres viven organizando constantemente la vida de todos mientras intentan sostener también la propia. Y aunque esa carga rara vez se reconoce, termina afectando la salud mental, las relaciones y la percepción que muchas mujeres tienen de sí mismas.
Por eso hablar de maternidad real no es “quejarse”.
Es visibilizar experiencias que durante demasiado tiempo fueron minimizadas.
Las nuevas maternidades no están rechazando el amor por los hijos. Están rechazando la idea de que amar signifique anularse.
Porque una madre también sigue siendo persona. Sigue teniendo emociones, metas, cansancio y límites. Y quizá una de las conversaciones más importantes de esta generación sea precisamente esa: entender que criar no debería implicar perder completamente la identidad. Las mujeres no tendrían que elegir entre ser madres o seguir existiendo como individuos.
Cada vez más mujeres están hablando de temas que antes se ocultaban: agotamiento emocional, salud mental materna, depresión postparto, ambición, independencia, culpa, relaciones desiguales, y presión social.
Y aunque esas conversaciones incomodan, también están ayudando a construir maternidades más honestas. Porque las madres perfectas nunca existieron. Solo existieron mujeres intentando sostener demasiado en silencio.
Las nuevas maternidades quizá no sean más fáciles. Pero sí están siendo más conscientes. Y eso ya es una forma de transformación.
Directora General de Gunaa Revista








