Desde antes de que pudieras nombrarlo, ya estaba ahí. En la forma en la que te dijeron que te sentaras. En cómo debías hablar. En lo que “sí era de niñas”… y lo que no.
Ser mujer nunca fue solo ser. Fue aprender. Aprender a no incomodar. A no hablar demasiado fuerte. A sonreír aunque no quisieras. A priorizar a otros antes que a ti. Y lo más peligroso de todo: aprender que eso era lo correcto.
Nadie nace sintiéndose culpable por decir “no”.
Nadie nace dudando de su valor. Nadie nace creyendo que su voz molesta. Eso se enseña. Se construye con comentarios “inofensivos”,
con expectativas silenciosas,
con reglas que nunca cuestionamos porque siempre estuvieron ahí.
Y cuando algo se repite lo suficiente… deja de parecer una imposición y se vuelve identidad.
Muchas mujeres no viven desde lo que quieren, sino desde lo que creen que deben ser. La que cuida. La que entiende. La que cede. La que no hace olas. Pero vivir así tiene un costo: te desconecta de ti misma. Porque cuando siempre eliges a otros, eventualmente dejas de saber elegirte. Cuestionar no es rebeldía… es conciencia Cuestionar lo aprendido no significa rechazar todo.
Significa decidir qué sí y qué no.
¿Qué partes de lo que eres… realmente elegiste?¿Y cuáles solo repetiste? Ahí empieza todo. Porque no se trata de romper por romper, sino de reconstruirte desde un lugar más honesto. Uno donde no tengas que encajar para valer.

Cambiar lo que te enseñaron no se siente bien al inicio. Decir “no” pesa. Poner límites incomoda. Elegirte puede generar culpa. Pero esa incomodidad no es error.
Es señal de que estás saliendo del molde.
Eres todo lo que decides cuestionar. Todo lo que eliges cambiar. Todo lo que te atreves a reconstruir. No viniste a cumplir expectativas. Viniste a definirte. Y eso… no siempre será cómodo, pero sí será tuyo.


Directora General de Gunaa Revista




