Hay silencios que pesan más que cualquier palabra.
Silencios que no son elección, sino consecuencia. Silencios que nacen del miedo, de la culpa impuesta, de un sistema que durante años enseñó a muchas mujeres a callar antes que incomodar.
Por eso, el Día Naranja, que se conmemora cada 25 de marzo —y cada 25 de cada mes—, no es solo una fecha. Es un recordatorio urgente: la violencia contra la mujer sigue siendo una realidad que no se puede maquillar.
Pero también es una señal de algo más poderoso: el silencio ya no es la única opción.
Cuando se habla de violencia, muchas veces se piensa en lo evidente. Pero la realidad es más compleja.
La violencia también es:
En México, miles de mujeres enfrentan distintos tipos de violencia todos los días: física, psicológica, económica, simbólica. Y muchas veces, lo más difícil no es reconocerla… es atreverse a nombrarla.
Porque nombrar algo es el primer acto de ruptura.

Hablar no es sencillo. Nunca lo ha sido.
Hablar implica exponerse, cuestionar estructuras, desafiar entornos que muchas veces prefieren que nada cambie. Pero cada vez que una mujer decide hacerlo, algo se mueve.
No solo en su vida. En la de muchas más.
Porque la voz tiene efecto dominó.
Porque una historia compartida abre espacio para otra.
Porque lo que antes parecía aislado empieza a reconocerse como colectivo.
Y ahí, justo ahí, empieza el cambio.
El Día Naranja no busca solo generar conciencia. Busca acción.
Acción desde distintos frentes:
Eliminar la violencia contra la mujer no es responsabilidad exclusiva de quien la vive. Es una tarea colectiva.
y es incomoda. Pero necesario


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