En el deporte de alto rendimiento hay una verdad que se repite como dogma: el cuerpo caduca y el tiempo siempre gana. Esa idea ha servido durante décadas para justificar el retiro temprano, la invisibilización y el desplazamiento silencioso de quienes “ya cumplieron su ciclo”.
Desirée Awad Abed existe, precisamente, para desmentirlo.
En el agua, sobre la bicicleta o corriendo sobre el asfalto, su nombre aparece con una constancia incómoda para quienes siguen midiendo el rendimiento en función de la edad. No es una aparición esporádica ni una excepción anecdótica: es un patrón.
Hoy compite en la categoría de los sesenta, un territorio históricamente asociado al cierre, no a la expansión. En otra época, subir al podio a esa edad era visto como una rareza; marcar tiempos competitivos, casi una anomalía. Desirée no solo ocupa ese espacio: lo redefine.
En cada competencia se repite la escena. El cronómetro se detiene. Hay una pausa breve. Luego el murmullo:
—¿Viste el tiempo de Desirée?
La sorpresa no está en su lugar —frecuentemente el primero—, sino en la contundencia de sus registros. Tiempos que no solo superan a sus contemporáneas, sino que en múltiples ocasiones rebasan marcas de atletas mucho más jóvenes.
Mientras otros cuerpos empiezan a negociar con el cansancio, Awad Abed parece operar desde otro lugar: la experiencia como ventaja competitiva. No hay prisa. No hay desperdicio. No hay improvisación.
Aquí no hay milagro. Hay método.
Para Desirée, el primer lugar se volvió una constante. Pero el éxito no se explica en trofeos, sino en hábitos. En decisiones repetidas cuando nadie mira. En una disciplina que no busca picos espectaculares, sino permanencia.
Sus tiempos oficiales cuentan una historia más incómoda que cualquier medalla: la de una atleta que llega fuerte a los últimos tramos cuando otras ya están pagando el costo físico. La diferencia no está en la fuerza bruta, sino en la lectura del cuerpo, la estrategia y el control mental.
La excelencia, en su caso, no es un momento. Es rutina.
El triatlón no perdona errores. No hay espacio para el azar. Es una negociación constante entre cuerpo, mente y energía. Ahí, Desirée juega con ventaja.
En el agua, no lucha: administra. Técnica limpia, respiración controlada, salida eficiente.
En la bicicleta, impone ritmo. Vatios constantes, desgaste progresivo, decisiones frías.
En la carrera, ejecuta. No corre contra el reloj: corre con él.
Sabe exactamente cuándo contenerse y cuándo atacar. Esa claridad no se improvisa; se construye con años de escucha corporal y experiencia competitiva.
Quienes analizan el circuito coinciden en algo esencial:
el éxito de Desirée no es genética ni suerte. Es metodología.
Uno de los rasgos más disruptivos de Awad Abed no es un récord puntual, sino su capacidad de sostener el nivel temporada tras temporada. Mientras otras trayectorias dependen de picos breves, la suya se construye desde la estabilidad.
Su preparación huye de modas y soluciones rápidas. Técnica afinada, recuperación inteligente, nutrición estratégica y una relación honesta con sus propios límites. No para respetarlos, sino para saber exactamente cuándo y cómo cruzarlos.
Ella lo ha dicho antes: el enemigo real no es el cansancio físico, sino la negociación mental. Ese instante donde el cuerpo pide parar y la mente decide si obedece. En ese punto, Desirée no titubea.
Fuera del ruido competitivo, lejos de las transiciones y del pulso acelerado de las carreras, Desirée cultiva el equilibrio. Ama a los gatos y habla de ellos con la misma serenidad con la que disecciona una estrategia deportiva.
No es un detalle menor. En el alto rendimiento, la calma también es una forma de poder.
El impacto real de Desirée Awad Abed no se mide en rankings. Se mide en la incomodidad que genera. En la pregunta que deja flotando:
¿y si el pico de rendimiento no tuviera fecha de caducidad?
En una cultura obsesionada con la juventud, su trayectoria demuestra que la experiencia no ralentiza: afina. Que la disciplina sostenida no solo prolonga la carrera deportiva, sino que puede elevarla.
Cada vez que gana, no solo suma un trofeo. Desmonta una idea.
El talento puede dar velocidad.
La constancia, permanencia.
Desirée no compite solo contra otras atletas. Compite contra el límite impuesto sobre lo posible.
Y, por ahora, el cronómetro sigue de su lado.
Las vitrinas de Desirée Awad Abed están llenas, pero no gritan. Cada trofeo habla de madrugadas, kilómetros acumulados y silencios de entrenamiento. Del trabajo cuando nadie aplaude.
Y aun así, lejos del estereotipo del triunfo, Desirée sigue siendo la misma atleta para quien ganar nunca ha sido más importante que seguir compitiendo.
A título personal, este texto también es testimonio. Conozco a Desirée desde el kínder, y ver cómo aquella niña curiosa se convirtió en referente del alto rendimiento es motivo de admiración profunda.
Celebrarla no es solo reconocer victorias deportivas. Es reconocer una forma de habitar el tiempo, el cuerpo y la disciplina.






Directora General de Gunaa Revista













