A veces el fútbol no empieza en un estadio, sino en una decisión. En el momento exacto en que alguien entiende que jugar no basta, que hay que elegir de qué lado de la historia se quiere estar. Aaliyah Farmer entendió eso muy joven.
Nació en California, creció en el sistema deportivo más competitivo del mundo y, aun así, decidió mirar hacia el sur. No por nostalgia, sino por identidad. No por comodidad, sino por reto. Elegir representar a México —y hacerlo en serio— implicaba más que un cambio de camiseta: era asumir una narrativa distinta, una exigencia mayor y una responsabilidad que no todas están dispuestas a cargar.
En el fútbol universitario de Estados Unidos, Farmer ya era una defensora confiable, inteligente, con lectura táctica y carácter. En la NCAA aprendió el rigor, la disciplina física, la obsesión por el rendimiento. Pero el profesionalismo no espera a quien se queda cómoda. En 2025 dio el salto a la Liga MX Femenil con Tigres UANL, uno de los clubes más exigentes del continente. Ahí no llegó como promesa, sino como jugadora que tenía que responder desde el primer día.
Y respondió.
Su paso por Tigres fue breve, pero contundente. Se adaptó a otro ritmo, a otra presión, a una liga que crece mientras se construye a sí misma. Defendió, marcó, compitió. Entendió que en México el fútbol femenino no solo se juega: se defiende todos los días, dentro y fuera de la cancha. Ese contexto la formó tanto como cualquier entrenamiento.
Paralelamente, llegó el llamado que termina de definir trayectorias: la Selección Mexicana Femenil. Vestir la camiseta nacional fue algo más que un logro personal; fue una confirmación. Farmer no estaba “probando suerte”: estaba ocupando un lugar que se había ganado. Cuando anotó su primer gol con el Tri, el mensaje fue claro: no es una jugadora de paso, es parte del presente y del futuro.
Y entonces vino el siguiente movimiento. El más grande hasta ahora.
En febrero de 2026, Aaliyah Farmer firmó con el Chicago Stars FC y dio el salto a la NWSL, la liga más competitiva del fútbol femenino a nivel mundial. No como un experimento, no como fichaje de marketing, sino como una defensora que encaja en un sistema que exige velocidad mental, fortaleza física y madurez emocional. En la NWSL no hay partidos cómodos, no hay semanas suaves, no hay margen para esconderse.
Ese fichaje no solo habla de su crecimiento individual. Habla de algo más amplio: de una nueva generación de futbolistas mexicanas que ya no ven el extranjero como un sueño lejano, sino como un espacio natural para competir. Jugadoras que se forman en distintos sistemas, cruzan fronteras y regresan —cuando regresan— con otra mirada, otro estándar.
Farmer representa esa frontera nueva del fútbol femenino: híbrida, internacional, exigente. No pertenece a una sola narrativa ni a un solo país. Pertenece a una generación que entiende que el talento sin ambición se estanca, y que el crecimiento real incomoda.
Desde Chicago, su reto apenas comienza. Cada partido será una prueba, cada error una lección amplificada. Pero si algo ha demostrado Aaliyah Farmer es que no le teme a los escenarios grandes. Los busca. Los habita. Los trabaja.
Mientras tanto, México observa. Porque cada minuto que una futbolista mexicana juega en la NWSL no es solo tiempo en cancha: es capital simbólico, es experiencia acumulada, es futuro en construcción. Y en ese futuro, Aaliyah Farmer no es espectadora. Es protagonista.


Directora General de Gunaa Revista













