¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir?

Mientras Japón convirtió el trabajo en un símbolo de compromiso y reconstrucción, Suecia apostó por el equilibrio entre la vida personal y profesional. Ambos lideran índices de desarrollo e innovación, pero sus caminos revelan una pregunta que cada vez más personas se hacen: ¿el éxito se mide por las horas que trabajamos o por la calidad de la vida que construimos?

 

A las diez de la noche, Tokio sigue despierta. Los vagones del metro permanecen llenos de trabajadores con traje oscuro que regresan a casa después de una jornada que, para muchos, comenzó antes del amanecer. En los edificios de oficinas todavía quedan luces encendidas y, aunque la ciudad nunca deja de moverse, la sensación es la de un lugar donde el tiempo pertenece al trabajo.

A casi ocho mil kilómetros de distancia, en Estocolmo, la escena es completamente distinta. Las oficinas llevan horas vacías. Muchas familias cenan juntas, otras pasean junto al agua aprovechando las largas tardes de verano y algunos cafés siguen llenos de personas que conversan sin mirar el reloj.

Resulta sorprendente que ambas escenas pertenezcan a dos de las economías más desarrolladas del planeta. Japón y Suecia ocupan posiciones destacadas en innovación, educación y competitividad internacional. Sin embargo, la forma en que cada sociedad entiende el trabajo y el éxito parece responder a preguntas completamente diferentes.

Durante décadas, Japón fue admirado como el ejemplo de una nación capaz de levantarse de las ruinas. Tras la Segunda Guerra Mundial, el país emprendió una reconstrucción económica que el mundo bautizó como el “milagro japonés”. La disciplina, la puntualidad y el esfuerzo colectivo se convirtieron en pilares culturales. Trabajar largas jornadas no solo era una necesidad económica; también era una muestra de respeto hacia la empresa, los compañeros y la sociedad.

Ese compromiso ayudó a crear gigantes industriales como Toyota, Sony, Honda o Panasonic y consolidó la reputación de Japón como una potencia tecnológica. La mejora continua, conocida como kaizen, pasó a formar parte del ADN empresarial y todavía hoy es estudiada en escuelas de negocios de todo el mundo.

Sin embargo, el mismo modelo que impulsó el crecimiento también comenzó a mostrar sus grietas.

En Japón existe una palabra que difícilmente tiene equivalente en otros idiomas: karoshi. El término significa literalmente “muerte por exceso de trabajo” y apareció para describir los casos de personas que sufrían infartos, accidentes cerebrovasculares o problemas graves de salud asociados a jornadas laborales extremas y altos niveles de estrés. Aunque el gobierno japonés ha impulsado reformas para limitar las horas extraordinarias y fomentar una mejor conciliación, el cambio cultural avanza con más lentitud que las leyes.

Para muchos trabajadores japoneses, permanecer en la oficina hasta que el superior se marche sigue siendo una señal de compromiso. Descansar demasiado puede interpretarse como falta de dedicación. La presión no siempre proviene de una norma escrita, sino de expectativas sociales construidas durante generaciones.

Mientras tanto, Suecia desarrolló una filosofía completamente distinta.

En lugar de medir el éxito por la cantidad de horas trabajadas, el modelo sueco parte de una idea sencilla: las personas rinden mejor cuando también tienen tiempo para vivir.

Ese principio atraviesa prácticamente todos los aspectos de la sociedad. Las jornadas laborales suelen ser más cortas, el teletrabajo está ampliamente aceptado cuando las funciones lo permiten y las políticas familiares facilitan que madres y padres compartan el cuidado de sus hijos. El objetivo no es trabajar menos por comodidad, sino construir una vida más sostenible.

Una de las palabras que mejor resume esa forma de pensar es lagom. Traducirla resulta complicado porque no tiene un equivalente exacto en español. Podría entenderse como “lo justo”, “ni demasiado ni muy poco”. Es una filosofía que invita a buscar el equilibrio en lugar del exceso y que se refleja tanto en el diseño escandinavo como en la alimentación, el consumo y la organización del trabajo.

A esa idea se suma otra costumbre profundamente arraigada: la fika. Más que una pausa para tomar café, representa un momento para conversar, desconectar y fortalecer las relaciones entre compañeros. Puede parecer un detalle menor, pero refleja una convicción importante: descansar también forma parte del trabajo.

Lejos de afectar la productividad, numerosos estudios han demostrado que los empleados que cuentan con mejores condiciones laborales, autonomía y tiempo de recuperación suelen mantener niveles más altos de concentración, creatividad y compromiso. La innovación no depende únicamente del número de horas frente a un escritorio, sino también de la capacidad de pensar con claridad y colaborar de manera efectiva.

Eso explica por qué Suecia aparece con frecuencia entre los países con mayor productividad por hora trabajada. Japón, por su parte, continúa siendo una referencia mundial en calidad industrial e innovación tecnológica, aunque enfrenta el desafío de adaptar su cultura laboral a una sociedad que envejece, una natalidad en descenso y nuevas generaciones que valoran el equilibrio tanto como el desarrollo profesional.

En realidad, comparar ambos países no consiste en decidir cuál tiene razón.

Sería injusto reducir la historia japonesa únicamente a sus largas jornadas laborales. Sin la disciplina y el compromiso colectivo que caracterizaron al país durante décadas, probablemente Japón no habría alcanzado el nivel de desarrollo que hoy conocemos. Del mismo modo, sería simplista presentar a Suecia como un modelo perfecto. También enfrenta retos relacionados con la integración social, la sostenibilidad de su sistema de bienestar y las exigencias de una economía global cada vez más competitiva.

Lo verdaderamente interesante es observar cómo dos sociedades exitosas eligieron caminos distintos para responder a una misma pregunta: ¿qué significa prosperar?

Para Japón, durante gran parte del siglo XX, prosperar implicó reconstruir una nación a través del esfuerzo colectivo. Para Suecia, prosperar significó crear un entorno donde el crecimiento económico pudiera convivir con el bienestar de las personas.

Hoy, el mundo parece buscar un punto intermedio.

La pandemia transformó la manera de entender el trabajo. El teletrabajo dejó de ser una excepción para convertirse en una opción viable en numerosos sectores. Las nuevas generaciones priorizan la flexibilidad, la salud mental y el tiempo libre tanto como el salario. Incluso grandes empresas japonesas han comenzado a revisar políticas que durante décadas parecían inamovibles, mientras otros países observan con interés modelos laborales más flexibles inspirados en el norte de Europa.

Quizá el futuro no pertenezca por completo a Japón ni a Suecia.

Tal vez pertenezca a quienes sean capaces de combinar la disciplina, la innovación y la excelencia que caracterizan al modelo japonés con el equilibrio, la confianza y la calidad de vida que definen a la sociedad sueca.

Porque trabajar sigue siendo una parte esencial de la vida.

La pregunta es si queremos que sea toda nuestra vida.

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Deyanira Álvarez, Gunaa Revista

Directora General de Gunaa Revista

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