Cada abril se habla del Mes del Autismo. Se comparten imágenes, colores, símbolos. Se repiten frases sobre inclusión. Se publican mensajes que, en teoría, buscan generar conciencia. Pero hay una pregunta incómoda que pocas veces se hace: ¿Realmente estamos entendiendo… o solo estamos observando desde lejos?
Hablar de autismo no es una tendencia de un mes. Es una conversación urgente sobre cómo vemos, interpretamos y convivimos con lo que no siempre entendemos.
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) no es una sola forma de ser. Es una diversidad de maneras de percibir el mundo, comunicarse y procesar la realidad. Sin embargo, durante mucho tiempo se ha reducido a etiquetas, diagnósticos o estereotipos. Se habla “sobre” personas con autismo… pero pocas veces se escucha “a” las personas con autismo. Y ahí empieza la desconexión.
Porque no se trata de corregir, normalizar o encajar a alguien en un molde. Se trata de comprender que no todos los cerebros funcionan igual. Y eso no es un error. Es diversidad.
Parte del problema es que lo diferente incomoda. Lo que no entiendes, te saca de tu zona de control. Lo que no puedes predecir, te genera resistencia. Pero esa incomodidad es necesaria. Porque crecer en empatía no es sentir bonito.
Es aprender a convivir con realidades distintas a la tuya.
Incluir no es solo aceptar.
Es adaptar. Es cuestionar si los espacios son accesibles. Si el lenguaje es respetuoso. Si las oportunidades son equitativas. Es dejar de esperar que las personas con autismo se adapten al mundo… y empezar a preguntarte cómo el mundo puede adaptarse mejor.
El Mes del Autismo no debería ser un recordatorio temporal. Debería ser un punto de partida. Para dejar de mirar desde afuera. Para dejar de asumir. Para empezar a escuchar. Porque la inclusión no empieza en campañas. Empieza en la forma en la que decides ver a los demás.

Parte del problema es que lo diferente incomoda. Lo que no entiendes, te saca de tu zona de control. Lo que no puedes predecir, te genera resistencia. Pero esa incomodidad es necesaria. Porque crecer en empatía no es sentir bonito.
Es aprender a convivir con realidades distintas a la tuya.
Incluir no es solo aceptar.
Es adaptar. Es cuestionar si los espacios son accesibles. Si el lenguaje es respetuoso. Si las oportunidades son equitativas. Es dejar de esperar que las personas con autismo se adapten al mundo… y empezar a preguntarte cómo el mundo puede adaptarse mejor.
El Mes del Autismo no debería ser un recordatorio temporal. Debería ser un punto de partida. Para dejar de mirar desde afuera. Para dejar de asumir. Para empezar a escuchar. Porque la inclusión no empieza en campañas. Empieza en la forma en la que decides ver a los demás.



Directora General de Gunaa Revista




