Catherine O’Hara muere a los 71 años: el legado de una actriz que redefinió la comedia

La comedia tiene muchas voces, pero pocas tan inconfundibles como la de Catherine O’Hara. El 30 de enero de 2026, a los 71 años, la actriz y comediante falleció tras una breve enfermedad, dejando una carrera de más de cinco décadas que no solo hizo reír: reconfiguró la manera en que entendemos el humor en el cine y la televisión.

Nacida en Toronto en 1954, O’Hara se formó en la legendaria troupe Second City, un semillero creativo donde la comedia no era ocurrencia, sino método. Ahí desarrolló una sensibilidad única: inteligencia afilada, absurdo controlado y una precisión interpretativa que la acompañaría durante toda su trayectoria. Desde el inicio, su trabajo dejó claro que la risa podía ser tan sofisticada como incómoda, tan ligera como profunda.

La risa como territorio cultural

A lo largo de su carrera, Catherine O’Hara dio vida a personajes que trascendieron la caricatura. Desde la madre desesperada de Mi pobre angelito hasta la inolvidable Moira Rose en Schitt’s Creek, su comedia nunca fue superficial. Cada gesto, cada pausa y cada exceso estaban cargados de intención.

Moira Rose no fue solo un personaje excéntrico: fue una declaración cultural. En ella convivieron la vulnerabilidad, el ego, la fragilidad y una identidad inquebrantable. O’Hara demostró que la comedia podía explorar la complejidad femenina sin pedir disculpas, sin suavizar bordes y sin subestimar a la audiencia.

Su trabajo en Schitt’s Creek, reconocido con un Emmy, un Golden Globe y múltiples premios de la crítica, transformó una serie de tono modesto en un fenómeno global. No por estridencia, sino por empatía. La suya fue una comedia que entendió que reír también es una forma de reconocer al otro.

Un legado que cruza géneros y generaciones

Más allá de la televisión, Catherine O’Hara dejó huella en el cine y la animación. Participó en clásicos como Beetlejuice y The Nightmare Before Christmas, y prestó su voz a producciones que siguen dialogando con públicos de todas las edades. Su rango fue amplio, pero siempre coherente: incluso en el exceso, había verdad.

Hasta sus últimas apariciones en series como The Last of Us, su presencia conservó una cualidad poco común: autoridad emocional sin rigidez. O’Hara nunca necesitó imponerse; su talento ocupaba el espacio con naturalidad.

Los tributos de colegas como Eugene Levy y Dan Levy confirman la profundidad de su influencia. Levy, su colaborador durante décadas, la definió no solo como una socia creativa, sino como una mente que marcó una era del humor norteamericano. Su ausencia no deja silencio, deja eco.

Más allá de la comedia: memoria y humanidad

Para millones de espectadores, Catherine O’Hara fue más que una actriz. Fue compañía, consuelo y espejo. En tiempos difíciles, su trabajo recordó que la risa puede ser resistencia, que el humor también puede ser refugio.

Macaulay Culkin, su coestrella en Mi pobre angelito, la recordó como una figura que tocó la vida de generaciones enteras. Y no exageró: su comedia quedó incrustada en la memoria colectiva, no como ruido, sino como lenguaje.

Un adiós que es celebración

La familia de O’Hara anunció una celebración privada de su vida, coherente con los valores que ella defendió: lo cotidiano como espacio de lo extraordinario. Su legado permanece en cada personaje que nos enseñó que la comedia puede ser elegante, feroz y profundamente humana.

Catherine O’Hara partió, pero su risa —esa mezcla exacta de ingenio, vulnerabilidad y corazón— ya forma parte del repertorio eterno de la cultura popular.
Su carrera es prueba de algo que en GUNAA sostenemos con convicción: la comedia también es una forma de poder.

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Deyanira Álvarez, Gunaa Revista

Directora General de Gunaa Revista

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