A Melly Barajas Cárdenas muchos la llaman hoy la “reina del tequila”, pero el título no nació del marketing, sino del trabajo. Originaria de Guadalajara, Jalisco, lleva más de dos décadas dedicadas a la elaboración y comercialización del tequila, una industria que durante siglos se contó —y se gobernó— en masculino.
Su llegada al sector no fue heredada ni planeada. Fue, más bien, un giro radical de vida.
Durante el día trabajaba como educadora en una guardería; por las tardes, diseñaba ropa. Nada en su rutina parecía conducirla al corazón de una de las industrias más tradicionales de México. El punto de quiebre llegó una tarde en la casa de campo familiar, en Mazamitla. Su padre, a quien describe como su mayor referente, le mostró una revista: Europa acababa de otorgar a México la denominación de origen del tequila.
A él, amante de Europa y de los viajes, la noticia lo emocionó. Entonces lanzó una frase que cambiaría todo: le gustaría tener un tequila con su nombre. Así comenzó la odisea.
Barajas decidió abrir su propia destilería sin saber prácticamente nada del negocio. Quiso llamarla como su padre, “Don Antonio”, pero no fue posible. El proyecto terminó bautizado como Vinos y Licores Azteca, una empresa que, aunque sólo produce tequila, nació con una visión clara: hacer las cosas distinto.
Empezar desde cero fue la parte más dura. Cerró su taller de ropa, renunció a la docencia y apostó todo a un sector que genera más de 70 mil empleos en México, principalmente en el campo, produce 374 millones de litros de tequila al año y exporta 286 millones de litros a más de 120 países, con una derrama de 2,300 millones de dólares. Un sector poderoso… y profundamente masculino.
Más del 90% de las casas tequileras están en manos de hombres. Ella decidió romper la regla desde el principio.
Cuando publicó anuncios para contratar personal, sólo llegaron mujeres. No fue una decisión ideológica inicial, sino una realidad del contexto: en muchas comunidades rurales, los hombres migran a Estados Unidos y quienes se quedan son las mujeres. Aun así, el miedo apareció. Las tareas son físicamente exigentes: las piñas de agave pesan entre 20 y 22 kilos.
“¿Vamos a poder?”, se preguntó. Sí pudieron.
Con el tiempo, Melly optó por mantener una plantilla integrada exclusivamente por mujeres. Hoy, 21 mujeres trabajan en su destilería, provenientes de comunidades como Valle de Guadalupe y pueblos cercanos. Hay jóvenes y mujeres mayores, muchas acostumbradas al trabajo duro del campo.
Trabajar sólo con mujeres, dice, no es lo mismo.
“Tenemos cierto tacto, magia y energía diferente para hacer las cosas. La energía femenina es muy importante en los negocios”. El resultado es lo que ella define como un tequila “con aroma de mujer”.
El camino no fue limpio. Hubo celos, obstáculos y resistencias en un mundo que no estaba diseñado para recibirla. Pero también encontró aliados. Con el tiempo llegaron los premios, las ventas en mercados donde otros no lograban entrar y el diseño de botellas distintas, que rompían con la estética tradicional.
Han pasado más de 20 años desde que fundó su empresa en 1999. Hoy produce tequila blanco, reposado, añejo y extra añejo para tres marcas propias y para terceros que confían en su experiencia como maestra tequilera.
“Empezamos en un mundo donde ya había demasiados tequileros con siglos de historia familiar, y aun así logramos abrirnos camino”, afirma.
La historia de Melly Barajas no es solo la de una empresaria exitosa. Es la prueba de que el poder económico femenino no es una concesión, sino una construcción. Y que incluso en los territorios más cerrados, cuando una mujer entra, la industria cambia para siempre.







Directora General de Gunaa Revista













