Hay un momento, justo al cruzar la entrada de Christmas Little Town, en el que algo cambia. No es solo la luz, ni la música, ni la nieve que comienza a caer sin previo aviso. Es esa sensación familiar —casi olvidada— de estar entrando a un lugar donde la prisa no existe y la Navidad vuelve a ser lo que siempre fue: un pretexto para creer, compartir y mirar el mundo con otros ojos.
La villa navideña se despliega como un pequeño pueblo sacado de un cuento. Fachadas iluminadas, aromas dulces flotando en el aire, risas que se mezclan con villancicos y personajes que parecen haber salido directamente de la imaginación infantil. Todo está pensado para provocar algo más que una foto: para despertar emoción. Aquí no se camina rápido. Se avanza despacio, observando cada detalle, dejando que la experiencia haga su trabajo.
La nieve artificial cae en momentos precisos, y basta verla para entender por qué nadie se resiste a levantar la mirada o sacar el celular. Las sonrisas aparecen solas, especialmente en los niños… aunque los adultos no se quedan atrás. Christmas Little Town tiene ese raro talento de reunir generaciones. Los más pequeños viven la magia sin filtros; los adultos, en cambio, la redescubren. Porque entre luces cálidas y música, algo se activa: recuerdos de otras navidades, de tiempos más simples, de mesas largas y risas sin horarios. Más que un evento, es un espacio para estar juntos. Para caminar sin rumbo, compartir un antojo caliente, detenerse a ver un espectáculo o simplemente sentarse a mirar cómo el entorno hace su trabajo silencioso: conectar personas. Todo fluye sin prisas, sin exceso, sin ruido innecesario.
La ambientación no busca deslumbrar por exageración, sino por coherencia. Cada rincón cuenta una historia, cada detalle suma a la sensación de estar dentro de una pequeña ciudad donde diciembre lo invade todo. Es una experiencia que no se impone; se siente. Por eso, para muchas familias, Christmas Little Town ya no es solo una salida de temporada. Se ha convertido en tradición. En ese plan que se repite año con año porque funciona: crea recuerdos, provoca conversación y deja una sensación cálida que acompaña incluso después de irse. En un mundo que corre demasiado rápido, este lugar propone lo contrario: detenerse, mirar alrededor y volver a conectar con lo esencial. Porque al final, la Navidad no está en el calendario ni en los regalos. Está en esos momentos que, sin darnos cuenta, se quedan con nosotros mucho después de que las luces se apagan.


Directora General de Gunaa Revista













